domingo, 26 de octubre de 2014

Misántropo en Fuenlabrada

Éxito rotundo de Misántropo ayer en el abarrotado teatro Tomás y Valiente de Fuenlabrada. Sólo puede calificarse de impecable la facilidad con que la actuación se condujo por vericuetos antagónicos en la exploración de los tipos humanos de un Molière atractivo y muy bien actualizado. Virajes hacia la comedia que arrancaron carcajadas, bruscas caídas en picado hacia la herida social del siglo XXI con repentino silencio sepulcral en el patio de butacas. A ritmo trepidante, en una misma escena.

Foto: Eduardo Moreno
Fueron los actores con sus cuerpos quienes cargaron el peso de lo dramático. Lo dotaron de fuerte intensidad plástica. Tras los lienzos que formaron agrupados sobre el escenario, tejidos de soledad e incomunicación en una simbólica puerta trasera de la urbe de nuestro tiempo, dejaron vislumbrar el pincel  hopperiano de Miguel del Arco. En respuesta a las provocaciones de un texto exigente que apunta hacia lo alegórico, Israel Elejalde, como un prestidigitador, supo crear alrededor de Alcestes un muro invisible que lo separó constantemente del resto de los personajes, aislándolo en la tragedia de su misantropía mientras iba dominando las esquinas, los rincones del escenario. Las claves del arrollador juego escénico fueron las distancias en las interactuaciones, las miradas que no terminaban de cruzarse o se esquivaban y las posiciones estratégicas que se sucedieron para enfilar al otro en diagonales desafiantes. A las armónicas coreografías, cada uno aportó una gestualidad propia, intensa.

Foto: Eduardo Moreno
Sorprendió la inesperada fuerza con que Cristóbal Suárez dotó al personaje de Oronte. Desencadenante de una deliciosa parafernalia kitsch en su presentación, se creció a lo largo de la representación con una interpretación sólida que apuntaló escenas. El derroche de pasión del resto del elenco fue más que notable. Bárbara Lennie (Celimena) dio réplica al protagonista como amante sibilina y Miriam Montilla (Elianta) se adjudicó el mérito de crear atmósferas en tiempo récord desde su papel, con doble fondo bien sugerido, de esposa y amiga. Es curioso que Raúl Prieto (Filinto) y Manuela Paso (Arsinoé) constituyeran un inédito tándem: su frescura les propició un favor del público bastante notorio al abrirse y cerrarse el telón, respectivamente. Mención especial merece el tema musical "Quédate quieto", una colaboración de Asier Etxeandía. Es el acierto de los pequeños detalles.

Foto: Eduardo Moreno
Pocas sensaciones tan gratificantes en una sala como asistir a un espectáculo que no explota el estereotipo sino que investiga con renovados bríos el sentido de lo arquetípico. En este caso, para revestir la nueva sátira moral (sobre el amor, la amistad, la política…) de honda humanidad. Hermanado con Molière, Miguel del Arco dejó claro que no ve oposición teórica entre la vida y el teatro.

Que Misántropo sea una obra muy ambiciosa es un valor real en alza. No se instala en la tentadora comodidad que ofrece un clásico sino que se esfuerza por asimilar su espíritu, asume los riesgos e intenta domarlos con un lenguaje propio, exquisito, muy vivo. La apuesta de Kamikaze Producciones se aceptó con entusiasmo, se disfrutó intensamente y fue aplaudida de principio a fin, desde los primeros disparos dialécticos de Alcestes a su incondicional Filinto que abren fuego, hasta su desaparición en la oscuridad arrastrando la pesada maldición de los graves ideales.

Todos, los de arriba y los de abajo, la pareja de fieles amigos que lo ve alejarse con pesar desde el escenario, y nosotros, desde la butaca, sabemos que su figura seguirá existiendo más allá del umbral de la puerta que atraviesa, más allá de la trama, el argumento y la intriga que acabamos de compartir. Esas fueron las directrices magistrales que dejó el dramaturgo y comediógrafo francés. Del Arco las hace suyas.

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