martes, 21 de octubre de 2014

Miguel del Arco en Fuenlabrada

Es una de las grandes figuras de nuestro teatro actual. Como dramaturgo y director, reflexiona en ASC sobre Misántropo, el montaje que Kamikaze Producciones llevará al teatro Tomás y Valiente de Fuenlabrada el próximo sábado 25 de octubre (20:00 h). 

Foto: David Ruano
¿Cuán libre es su adaptación de Molière?
Partimos del texto y la admiración por el autor. Me siento muy cómplice con Molière, un hombre de compañía, autor, dramaturgo, actor y empresario, que fue consciente de que el teatro es algo vivo y ha de estar en diálogo permanente con el ciudadano. El proceso creativo consistió en abordar el clásico buscando la mirada contemporánea, dándoles una vuelta a los interrogantes universales para que no los sintamos como vestigios arqueológicos de una época pasada.  

El primer choque es que suenan los nombres originales en la puerta de una discoteca: Alcestes, Filinto, Oronte, Celimena…
Incluso ese detalle es una complicidad con Molière porque tampoco eran propios de la Francia del siglo XVII sino que responden al deseo de crear unos personajes arquetípicos, accesibles al público pero con cierta lejanía. Para la adaptación, yo también necesitaba mantener esa distancia hasta el punto de que Alcestes, el personaje central interpretado por Israel Elejalde, llega a ser casi irreal a pesar de que nos podamos reconocer en muchos estados de su furia, funciona prácticamente como una alegoría y, de hecho, la cuestión esencial que plantea Misántropo es cuán lejos estamos cada uno de nosotros de un principio puro como el suyo.

Foto: Eduardo Moreno
También mantiene del clásico que los mejores momentos dramáticos llegan con los “sombríos arrebatos” de Alcestes…
Ese fue el reto real de Misántropo, encontrar el tono adecuado para desarrollar una comedia con un protagonista trágico y lograr ese punto de equilibrio para enmarcar la función entre los extremos entre los que éste se mueve de una forma feroz, ya que así lo ideó Molière. La primera escena es tensa por la enorme carga informativa y filosófica que expone, por su negrura. Pero luego vienen momentos hilarantes de delirio que desatan la risa y ablandan el oído, preparándolo para que se desee atrapar la parte trágica que llega más tarde.

En Molière hay una intención filosófica salvaje y usted no se arredra a la hora de hacerla suya… ¿no le tembló la pluma?
Lo cierto es que a mí me gusta mucho esa vía, poner la palabra al servicio de las grandes e intensas reflexiones de autores magníficos. Pero siempre con el necesario acompañamiento del arrebato porque no puede olvidarse que el teatro es conmoción.

Ante la proliferación de obras complacientes, ¿cree que se está olvidando la meta de sacudir conciencias sobre el escenario?
No, no creo que ese afán se esté perdiendo porque se halla en la esencia del teatro. Hay corrientes más complacientes porque son más fáciles, se trata de un teatro de urgencia que hoy resulta necesario y estoy seguro de que presenta funciones estupendas. Pero me decanto por defender la reflexión propia, no predicar para confesos.

Foto: Eduardo Moreno
Molière insiste en el código de honor mientras que Misántropo lo hace con la verdad y la justicia… ¿existe ahí una ruptura con el clásico? 
Molière fue un revolucionario en el siglo XVII a la hora de brindar el discurso sobre la verdad y la justicia. Lo hizo siguiendo los preceptos morales de la época pero sin renunciar a la auténtica investigación sobre la sinceridad en lo íntimo y lo social. Pero al definir sus personajes con pinceladas, exceptuando a Alcestes, cayó algunas veces en la caricatura, llevándolos a un extremo de la farsa que hoy provoca el alejamiento del espectador. Por eso mi deseo consciente fue que todos los planteamientos tuvieran su momento de defensa con argumentos sostenibles, incluso el personaje de Oronte no se llega a comportar de forma ridícula sino que exige su sitio en el mundo desde el convencimiento de la idoneidad de su punto de vista. Como dice Alcestes al final, el hombre es un pobre ser que siempre intenta modificar el anhelo de su corazón para que se corresponda con lo que le está sucediendo.

¿Hubo afán moralizante por su parte en todo esto?
No, no lo hubo. Nada más lejos de mi voluntad. Tengo claro que las lecciones morales han de surgir del interior de cada uno de nosotros. Apuesto por el actor, que saldrá al escenario con las armas suficientes para dotar de total verosimilitud al personaje y defenderá su papel con el corazón.


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