domingo, 12 de octubre de 2014

Los Mácbez en Alcorcón

No nos quedemos tan sólo en el pleno acierto de inaugurar temporada con Los Mácbez de Andrés Lima. Miremos más allá. Algo se mueve sobre los escenarios del sur de Madrid, que no parecen dispuestos a escatimar en calidad ni apuestas exigentes. Y la ciudad de Alcorcón acaba de realizar su declaración de principios sobre el escenario, que no podría ser más alentadora. Arranca con uno de los más prestigiosos renovadores de nuestra escena contemporánea. Y con la apuesta por una obra que arriesga y gana, brillante y perturbadora.

Lo bello, lo feo y lo siniestro. Son las claves éticas y estéticas que explora Los Mácbez sobre el marco de corrupción política y social de nuestro tiempo. Su representación en el teatro Buero Vallejo congregó ayer una gran afluencia de público que respondió entusiasta ante la adaptación de Juan Cavestany sobre el texto de William Shakespeare. Más que notable aunque a veces resultan muy chocantes los bruscos virajes cruentos de la actualización en picado hacia el clásico con los que fuerza el desarrollo del conflicto españolizado. Esto no viene constituyendo un problema de envergadura en el aclamado recorrido de la propuesta, no hay demasiada oportunidad para una reacción adversa ya que estamos hipnotizados en tiempo récord y justificamos, pues, benevolentes, y saltamos con brío y sin complejos, hacia adelante y hacia atrás en niveles simbólicos, a golpe de sencilla metáfora. Está claro que no sólo hay una muy favorable predisposición para ello sino también una buena herramienta para construirla.

El mayor hallazgo dramatúrgico es trocar las tres brujas shakespeareanas en un trío de turbadoras meigas gallegas que Andrés Lima pone en escena al más puro estilo de David Lynch. Su profecía, como en el original, despierta la ambición del protagonista, un Mácbeth que, interpretado con pulso por Javier Gutiérrez, aspira a ser presidente de la Xunta. A su lado, coadyuvando hacia el crimen, su mujer, una Lady Mácbeth encarnada por Carmen Machi, sexy y soberbia, que derrocha energía a raudales por donde pisa con sus espectaculares tacones. El resto del elenco se completa con las actuaciones polivalentes de los actores Chema Adeva, Rulo Pardo, Rebeca Montero y Jesús Barranco. Mención aparte merecen las esenciales aportaciones al proyecto tanto de Valentín Álvarez (iluminación) como de Beatriz San Juan (espacio escénico y vestuario).



Sorprende la deslumbrante escenografía, capaz no sólo de aguantar el peso humano de la tragedia sino de sublimarlo, afilando matices en clave de pesadilla. Marca el remordimiento y la locura, en verde aciago para él; en azul tormentoso, para ella. Sin olvidar el clímax del delirio en un color rojo intenso, infernal y acusatorio, que primero envuelve, después ejerce de crispante contrapunto y, finalmente, acaba tiñendo las manos de todos los personajes, abocados a conformar un alucinado lienzo alegórico que recibió aplausos espontáneos del auditorio con las gaitas culminantes de fondo.

Es en los minutos finales cuando la geometría emocional del escenario se acentúa, con sus líneas rectas y sus desequilibrios minimalistas de blancos y negros. Una puerta entreabierta, una pared desencajada y una silla caída que hiere el rígido isomorfismo apuntado por las que quedan en pie. Son los esperados presagios: funestos, limpios y severos.

Ahí quedan, acorralados, todos los personajes. Esos mismos que antes proyectaban sombras poderosas y  fantasmagóricas, ahora se arremolinan para masticar las últimas cuchillas de la tragedia a un ritmo perfecto.


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